Comparto este escrito que es una reflexión profunda sobre la diferencia entre la compañía, la amistad y la soledad
*LA SILLA QUE SIEMPRE ESTUVO OCUPADA*
Durante mucho tiempo creí que pertenecer era tener amigos.
Formar parte de una comunidad, compartir reuniones, abrazos, tareas, confidencias, celebraciones y momentos difíciles puede crear la sensación de una intimidad que, con los años, descubrí que quizá nunca existió.
No porque haya falsedad, sino porque confundí cercanía con amistad, frecuencia con profundidad y compañerismo con vínculo. Y no son lo mismo.
El compañerismo es valioso: camina a nuestro lado mientras existe un propósito, una causa, un espacio compartido.
La amistad, en cambio, comienza muchas veces donde termina el escenario. Se revela cuando ya no hay reunión, cuando desaparece la utilidad, cuando disiento, cuando dejo de ser cómodo y, aun así, alguien permanece.
He pensado mucho en la metáfora de las tres sillas: una para la “soledad”, una para la “amistad” y una para la “compañía”.
La silla de la “compañía” suele estar llena.
La de la “amistad” tiene pocos visitantes.
Y la de la “soledad” casi siempre intento evitarla.
Quizás porque tengo que descubrir quién soy cuando nadie me mira.
He pasado años llenando el silencio con voces, agendas, grupos, conversaciones y afectos.
Rodeado de personas para no sentirme solos, hasta que la vida, con su sabiduría a veces dolorosa, comienza a vaciar mi mente .
-Algunos se alejan.
-Otros permanecen solo mientras comparto el mismo camino, y
-Algunos que llamo amigos resultan haber sido buenos compañeros.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿Quién me queda cuando los demás no están?
Después de muchas meditaciones, encuentros, desencuentros y silencios, he llegado a una respuesta que durante años busqué afuera: “quedo yo”
He estado en cada derrota que solo yo he conocido.
Yo escuché mis pensamientos cuando el mundo dormía.
Yo cargué con mis errores, con mis culpas y con mis contradicciones.
Yo conozco las heridas detrás de mis sonrisas.
Yo estuve cuando algunos llegaron y también cuando se fueron.
Tal vez madurar sea dejar de exigirle a la compañía que sea amistad, dejar de llamar amigo a todo aquel que comparte mi camino y dejar de interpretar la soledad como abandono.
Hoy puedo agradecer a mis compañeros sin exigirles que sean amigos.
Puedo recibir al verdadero amigo sin pretender poseerlo.
Y puedo sentarme en soledad sin sentir que estoy frente a un desconocido.
Porque finalmente comprendí algo esencial:
Pasé gran parte de mi vida buscando afuera al amigo que siempre estuvo adentro de mi.
No renuncio a la comunidad.
No desprecio la compañía.
No niego la amistad.
Simplemente he aprendido a poner cada vínculo en su lugar.
Y si un día la casa queda en silencio, las reuniones terminan y los caminos se separan, todavía habrá una silla ocupada.
La mía.
Quizás la verdadera soledad no consista en quedarse sin los demás.
Quizás la verdadera tragedia sea otra:
haberse tenido toda la vida a uno mismo… y nunca haberse hecho compañía.
Por eso, después de tantas meditaciones y reflexiones, he llegado a una certeza:
El amigo más antiguo de mi vida no fue quien llegó, ni quien prometió quedarse, ni siquiera quien un día se marchó.
Fui yo.
Y quizá la forma más profunda de madurez sea, finalmente, sentarme a mi lado…
y no volver a abandonarme.
Francisco Lopez Juliao
Reflexiones para comprender la mente, las emociones y el camino hacia una vida más integrada.
Catina Creazzo | Psicóloga y Psicoterapeuta Integrativa
Catina Creazzo | Psicóloga y Psicoterapeuta Integrativa
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