domingo, 5 de julio de 2026

La silla que siempre estuvo ocupada


Comparto este escrito que es una reflexión profunda sobre la diferencia entre la compañía, la amistad y la soledad

                                    *LA SILLA QUE SIEMPRE ESTUVO OCUPADA*    


Durante mucho tiempo creí que pertenecer era tener amigos.

Formar parte de una comunidad, compartir reuniones, abrazos, tareas, confidencias, celebraciones y momentos difíciles puede crear la sensación de una intimidad que, con los años, descubrí que quizá nunca existió. 

No porque haya falsedad, sino porque confundí cercanía con amistad, frecuencia con profundidad y compañerismo con vínculo. Y no son lo mismo.

El compañerismo es valioso: camina a nuestro lado mientras existe un propósito, una causa, un espacio compartido. 

La amistad, en cambio, comienza muchas veces donde termina el escenario. Se revela cuando ya no hay reunión, cuando desaparece la utilidad, cuando disiento, cuando dejo de ser cómodo y, aun así, alguien permanece.

He pensado mucho en la metáfora de las tres sillas: una para la “soledad”, una para la “amistad” y una para la “compañía”.

La silla de la “compañía” suele estar llena.

La de la “amistad” tiene pocos visitantes.

Y la de la “soledad” casi siempre intento evitarla.

Quizás porque tengo que descubrir quién soy cuando nadie me mira.

He pasado años llenando el silencio con voces, agendas, grupos, conversaciones y afectos. 

Rodeado de personas para no sentirme solos, hasta que la vida, con su sabiduría a veces dolorosa, comienza a vaciar mi mente .

-Algunos se alejan.
-Otros permanecen solo mientras comparto el mismo camino, y 
-Algunos que llamo amigos resultan haber sido buenos compañeros.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿Quién me queda cuando los demás no están?

Después de muchas meditaciones, encuentros, desencuentros y silencios, he llegado a una respuesta que durante años busqué afuera: “quedo yo”

He estado en cada derrota que solo yo he conocido.

Yo escuché mis pensamientos cuando el mundo dormía.

Yo cargué con mis errores, con mis culpas y con mis contradicciones.

Yo conozco las heridas detrás de mis sonrisas.

Yo estuve cuando algunos llegaron y también cuando se fueron.

Tal vez madurar sea dejar de exigirle a la compañía que sea amistad, dejar de llamar amigo a todo aquel que comparte mi camino y dejar de interpretar la soledad como abandono.

Hoy puedo agradecer a mis compañeros sin exigirles que sean amigos.
Puedo recibir al verdadero amigo sin pretender poseerlo.
Y puedo sentarme en soledad sin sentir que estoy frente a un desconocido.

Porque finalmente comprendí algo esencial:
Pasé gran parte de mi vida buscando afuera al amigo que siempre estuvo adentro de mi. 
No renuncio a la comunidad.
No desprecio la compañía.

No niego la amistad.
Simplemente he aprendido a poner cada vínculo en su lugar.

Y si un día la casa queda en silencio, las reuniones terminan y los caminos se separan, todavía habrá una silla ocupada.

La mía.

Quizás la verdadera soledad no consista en quedarse sin los demás.

Quizás la verdadera tragedia sea otra:

haberse tenido toda la vida a uno mismo… y nunca haberse hecho compañía.

Por eso, después de tantas meditaciones y reflexiones, he llegado a una certeza:

El amigo más antiguo de mi vida no fue quien llegó, ni quien prometió quedarse, ni siquiera quien un día se marchó.

Fui yo.

Y quizá la forma más profunda de madurez sea, finalmente, sentarme a mi lado…

y no volver a abandonarme.

Francisco Lopez Juliao



Reflexiones para comprender la mente, las emociones y el camino hacia una vida más integrada.
Catina Creazzo | Psicóloga y Psicoterapeuta Integrativa


miércoles, 22 de septiembre de 2021

 

TENGO QUE PODER

Era una noche común y corriente, bastante cálida, finales de los ochenta.

José festejaba su cumpleaños, la casa estaba llena con sus amigos tanto de la vieja guarda como de los recién conocidos, jóvenes todos, acercándose a los treinta cuando aún se tiene el mundo en las manos y la cabeza llena de anhelos, pero ya más aterrizados que a los veinte.

 


Llega María Cristina con su desparpajo habitual, divertida, bailadora y muy sociable. Enseguida hace liga con los presentes y empieza una noche más de diversión y juerga. A su lado se encuentra un hombre joven, Alejandro, carismático, amable con el que hace empatía enseguida y desde ahí empezó una relación sui generis. Él era encantador, interesante, hablada de música, arte, actualidad, pero también muy a tono con la moda además de que sus modales refinados y su léxico culto, propio de la clase social a la que pertenecía deslumbraron a María C; en su ciudad este tipo de personajes no era tan común.

 

Todo ese desborde de alegría, risas y juergas escondía su más terrible secreto: el temor (mejor dicho, el terror) de no encontrar con quien casarse. Cualquiera podía ser el candidato con tal de no estar sola.

 


María C era una mujer de 28 años, ejecutiva, había estudiado en Londres y se desempeñaba en un alto cargo en una empresa de manufactura muy reconocida en su ciudad. Hablaba varios idiomas y adoraba su profesión por lo que era muy exitosa y reconocida en lo que hacía, lo que camuflaba muy bien su talla L.  Un amigo de la universidad le había dicho que ella lo tenía todo: clase, inteligencia, trabajadora, divertida, con dinero, buen ser humano solo le sobraban unas libras de más. Esas libras de más, hacían evidente su inseguridad, su sentirse permanentemente inadecuada y el círculo lo completaba su eterno sentimiento de vergüenza que la acompañaba, no importaba que tantas bondades tuviera.

 

Conocer a Alejandro y que este la aceptara y la validara fue para ella un sueño. Era la primera vez que un tipo de clase alta se fijaba en ella. Eso lo hacía especialmente interesante. Su recorrido amoroso, por su inseguridad y baja autoestima era un listado de hombres a los que se les daba mucho y no daban casi nada a cambio, generalmente de una clase inferior a la de ella. Le encantaban los especímenes raros, pues en su enredada cabeza consideraba que eso era vivir y de verdad se metió con hombres que rayaban en lo peligroso. El único hombre al que había amado y se había sentido amada era un muchacho de clase media media, sin un trabajo estable y por mucho que lo quisiera sabía, que no podía permitirse el lujo de llevarlo a su casa y casarse con él, teniendo en cuenta también que él era una persona afectivamente inadecuada a su manera.

 


Volvamos a Alejandro. Al principio el hombre fue encantador, absorbente, se la presento a su familia. Sagradamente llegaba a la hora de la salida del trabajo a recogerla en su Mercedes Benz.  ¡Ella se sentía dichosa! Y lógico hacia cualquier cosa que él quisiera.  Empezó a notar que detrás de la bohemia no trabajaba, por ende, vivía de lo que quisieran darle sus padres, o sea, ella terminaba pagando buena parte de las salidas. Él era lo que ella había visto la primera vez: encanto, presencia, cultura y nada más. Pero cuando ella quiso ponerle distancia, habían pasado varios meses y ya el apego le había ganado la partida. Descubrió que además la usaba para tapar su no definición sexual y quedar a salvo de la crítica familiar.

¿Cómo justificar ante ella misma que le entregaba lo más importante como era su descanso a él a cambio de nada? La relación básicamente consistía en salir desde que la recogía a dar vueltas por la ciudad, ir a cocteles aburridos, los fines de semana ir a la playa, comer algo y llegar a dormir a las tres de la mañana todos los días, pues como él no trabajaba dormía hasta medio día. 

Empezaron ataques de rabia porque si o porque no, cada vez in crescendo. Un día se enfureció Alejandro y la acuso de estarle haciendo la encerrona para casarse con ella porque ya estaba quedada.

Ese último estallido, la estremeció pues a esas alturas estaba super consciente que el tipo no servía para nada y que se daba el lujo de intratarla y menoscabarla. Para no alargar la historia esa noche termino en una relación sexual con otro nada que ver, de la que pasó su susto, pues creyó que le había pegado el sida. Dicho de otra forma:  De las brasas para las cenizas.

Pero este fue el fondo. A partir de esto, decidió que tenía, sí o sí salir de es


a relación que le quitaba y no le aportaba. El problema era que Alejandro no se dejaba sacar, María C lo intentaba, pero no podía ponerle punto final a esa relación.

Decidió que no podía sola, buscó ayuda. Su terapeuta le enseñó una pequeña frase que entonces ella tomó con su mantra: TENGO QUE PODER.

 

 



Tengo que poder acabar con esta relación

Tengo que poder quedarme sola

Tengo que poder ser capaz de alejarme de quien me hace daño

Tengo que poder darme a mí misma una oportunidad

Tengo que poder, tengo que poder, tengo que poder….

 

Se demoró seis meses, pero un día por un comentario casi sin importancia tuvo el valor de no volverlo a ver.

 

Fue duro para ella, terminar y acabar internamente con una relación que se negaba a morir en el afuera. Tuvo que matar la ilusión cuando esta físicamente se negaba a desaparecer.

 


Esto le dejó una enseñanza para toda su vida. Sintió por primera vez que podía tener el control de su vida, que más allá de sus sentimientos y emociones, había una esencia dentro de ella que tenía el poder y a partir de esta experiencia supo que podía acceder a lo que se merecía y no a lo que quería.